Ha dejado de llover y he vuelto a sacar a mi noble corcel a trotar por las carreteras sinuosas de los alrededores.
Soy un caballero, un guerrero de sangre y petróleo refinado. Nunca hubiera tenido moto si no hubiese sido porque me animaron mis amigos.
Al principio me costó cogerle el tranquillo, pero ahora sólo deseo que deje de llover, dar la vuelta a la llave y disfrutar de kilómetros de carretera sin descanso.
En uno de esos viajes te cruzaste en mi vida.
Recuerdo que no iba sólo. Mis amigos y yo habíamos organizado una ruta bastante larga, que nos llevó por distintos puntos de la extensa geografía.
Necesitábamos parar para refrigerar las motos y descansar nosotros, así que localizamos un restaurante muy agradable y acogedor. Decidimos comer allí.
Tú estabas sirviendo las mesas. Tu sonrisa y tu dedicación enamoró mis sentidos.
Cuando nos sentamos en la mesa, me miraste y enseguida supe que te querría para siempre en mi vida.
Repartistes los menús entre nosotros y al cogerlo, mi mano rozó la tuya sin querer... Nos quedamos mirándonos como idiotas y te ruborizaste. Tu cara se volvió roja como el sol naciente y mis amigos empezaron a tomarme el pelo.
Ya cuando dejaron de bromear, y tras un pequeño toque de atención, empezamos a deliberar sobre el menú.
Ración por aquí, bandeja por allá... Y de beber, de todo un poco.
Empezaste a servir la mesa y mis amigos no hacían más que observarnos en silencio, entre risitas burlonas y gestos obscenos.
Tú sonreías y dejabas que ellos siguieran con su juego.
Uno de mis amigos se atrevió a pedirte el número de teléfono en mi nombre. Comenzaste a escribir en tu libretita, arrancaste el papel, lo pusiste encima de mi servilleta y te fuiste después de mirarme con deseo.
En la nota pusiste:
- "De postre hay mi cuerpo bañado en chocolate... 6********".
Me robaron la nota y empezaron a jalearme como adolescentes salidos de mente cuando consigues que una chica te mire...
Me sentí afortunado.
La comida iba llenando nuestros estómagos y mis amigos no hacían más que preguntarse entre ellos qué les ofrecerían de postre, si algo habitual o alguna especialidad como me habías ofrecido en tu nota... Empezaba a sentirme un poco molesto, pero sé que pronto dejarían de incordiarme, en cuanto saliésemos de allí y retomásemos la carretera.
Unos nuevos clientes entraron en el comedor. No tenían buena pinta...
Tomaron asiento sin esperar a que los acomodasen. También eran moteros, como nosotros, pero ofendían con su presencia.
Comenzaste a preguntarles por su consumición. Uno de ellos empezó a pasear su mano por tu cuerpo. Me sentí celoso. Quería levantarme y arrancarle la cabeza de un puñetazo.
Cogiste su mano y la apartaste de tu preciosa silueta. Por un momento estuve aliviado. Tomaste nota y te retiraste.
Al rato volviste para servir aquella mesa con sus detestables comensales. Volvieron a sobarte y yo me sentí impotente.
Mis amigos notaron mi inquietud y me tranquilizaron... o quisieron intentarlo sin conseguirlo en la medida que ellos pretendían.
Volviste para retirar nuestras bandejas y platos. No pude resistirme a preguntarte por ellos y por tu actuación.
Me miraste con ojos llorosos y me rogaste que te sacase de allí. Me lo pediste tan sinceramente, que tu ruego no se hizo esperar para obtener una respuesta.
Te esperaría en la puerta de la cocina. Por la parte de atrás del restaurante, con mi moto en marcha y tus deseos de escapar de allí...
Nadie te dijo nada al respecto.
Por lo que me contaron mis amigos después, los arrogantes salieron de allí con la excusa de que si tú no les servías, no se quedarían a comer allí.
Te libraste de ellos y libraste a los demás comensales de una desagradable compañía.
Te llevé a tu casa y te acompañé a la puerta. Quería demostrarte que aún existimos los caballeros.
Me pediste que entrase contigo. Me recordaste que aún no había comido el postre por sacarte de allí. No quise rechazártelo.
Te acercaste a mí. Creí que me ibas a decir algo y puse atención a tus labios.
Me miraste con cariño y te acercaste aún más... Me besaste. Besé tus labios como nunca lo había hecho con otra mujer.
Mientras nuestros labios seguían inmersos en aquella aventura, mis brazos te rodearon.
Cuando nos separamos, sólo pude expresar un "ya estás a salvo". No podía decirte nada más. No me salían las palabras.
Y me volviste a besar.
No recuerdo exactame te cómo pasó, pero llegamos a tu habitación de alguna forma.
Me quitaste la cazadora y la camiseta. Dejé que me besaras el cuello y bajases a mis pectorales. Enredaste con mi vello y me empujaste suavemente hasta hacerme caer en la cama.
Te subiste encima de mí y dejaste que te despojase de tu uniforme. La camisa me descubrió tu torso. Era fascinante verte así. Tu pelo caía suavemente por los hombros y bajaba hasta tus pechos, cubriéndolos casi por completo. Tu busto era generoso y suave. Deseé besártelo, pero me pediste paciencia y dejé que continuases invadiéndo mi cuerpo con pasión.
De mis pectorales bajaste a mis abdominales, y ahí noté cómo tus dedos hacían travesuras con los botones de mi pantalón.
Los soltaste uno a uno hasta que liberaste todo mi deseo...
Metiste tu mano por debajo de mi ropa interior y me acariciaste con suavidad todo mi falo.
Dejaste que yo buscase tus braguitas bajo la falda de tu uniforme y te entregaste al placer de notar cómo mis dedos te buscaban mientras apartaba tus braguitas a un lado.
Seguíamos acariciando nuestro sexo mientras continuábamos besándonos y acariciando nuestros cuerpos con las otras manos.
De pronto dejaste mi boca y te sumergiste en mis profundidades.
Hiciste de mi parte más viril, tu juguete favorito, tu dulce deseo y lo acariciaste de nuevo, pero ahora era tu boca quien me daba ese placer...
Dejaste tu rastro en toda mi piel.
Succionabas lentamente y con mucha pasión y dedicación. Quise devolverte el favor apartando a un lado la tela de tu entrepierna y metiendo mi lengua todo lo que pude en el hueco.
Un gemido de placer y una penetración más profunda de tu boca fueron la señal inequívoca de que mi maniobra, aunque arriesgada e imprudente, fué acertada.
Estabas muy excitada y mi pene era la víctima perfecta de tus anhelos.
Dejaste mi pene y me rogaste que le dedicase toda mi atención a tus senos, que descubriste ante mí como dos poderosos manjares. Puse todo mi ímpetu a satisfacer tus deseos y chupé tus pezones con delicadeza.
Tus gemidos eran más acusados, y se volvieron más sentidos cuando mi pene comenzó a chocar suavemente sobre tus braguitas.
Dejé que te acariciasen por encima de la tela, como un muro impenetrable, como una barrera al placer que se hacía aún más necesario cuanto más te frotaba.
Notaba cómo te impacientabas y bajaste tus manos hasta cogérmela. Mientras con una mano me asías el miembro, con la otra apartaste tus braguitas a un lado, sin quitártelas, para evitar que me despegase de tí, y perdiste la razón cuando mi pene comenzó a meterse en tu cuerpo, atravesando, sin más dificultad que las que interponían tus braguitas, las barreras naturales de tus entrañas.
Deseaste liberar tu cuerpo de esa tela molesta. La penetración se hizo más profunda y pasional.
Me ofreciste de esa manera todo tu deseo. Permitiste que te atropellase la lujuria y mi cuerpo fué tu verdugo.
Continuamos jadeando sin descanso durante un largo periodo de tiempo, hasta que tu cuerpo se rindió en un estruendo en forma de grito de complacencia. Me abrazaste fuertemente mientras tus entrañas me pedían a gritos una señal... que no tardó en llegar cuando me dejé abandonar por mis fuerzas, después de notar cómo mi semen visitaba cada punto de tu interior, dejándote la propina de tu vida de forma inesperadamente placentera.
Nos quedamos apasionadamente abrazados en tu cama... y me dormí en el calor de tu cuerpo agotado.
Deseé no salir de allí nunca más.
Mi moto fué el mejor medio de transporte a tu vida y, después de aquello, juré que jamás te dejaría sola.
Vuelvo cada día a mi casa, deseando encontrarte en el umbral de la puerta, esperando mi llegada.
Pero hoy he encontrado una carta en mi buzón.
Una carta que dice:
- "...y de postre hay mi cuerpo bañado en chocolate".
No hay comentarios:
Publicar un comentario