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lunes, 16 de noviembre de 2015

RE31 El Crucero (Monte Olimpo)



Pasé la noche con Ilse.

Amaneció y pronto nos encontramos frente a la costa macedónica. Un gran conjunto rocoso se alzaba frente a nosotros: el Olimpo.
Quedé maravillado de la majestuosidad de la elevación. Había visto muchas montañas, pero aquella se merecía llamarse "Hogar de los Dioses".


Desembarcamos después de desayunar. Hicimos algunas excursiones a los templos que aún quedan en la zona y regresamos al barco al atardecer.
Al ser la última noche en el barco, nos reunimos todos los pasajeros y la tripulación a cenar como la primera noche. Allí estaba Ilse, en nuestra mesa como en aquella ocasión. Se sentó junto a mí y nuestras manos jugaban a acariciarse bajo la mesa, a escondidas de miradas sospechosas, pero con complicidad.

Terminó la cena y nos volvimos a ver en mi camarote. La última noche debía de ser algo espectacular, pero ella me abrazó, me besó y me dijo:

  - "Esta noche quiero hacer el amor contigo".
La petición no me sorprendió. Hasta ahora sólo había habido sexo entre nosotros. Ahora ella deseaba algo más serio, más comprometido.
La besé y jugué con sus labios durante un buen rato. Ella parecía estar muy receptiva. Acariciaba su cuerpo aún cubierto por el uniforme. Sentía sus manos abrazarme con pasión.
Nos sentamos en la cama y seguíamos besándonos. Mis manos no dejaban de acariciar el cuello y la cara de Ilse.
No había prisa. Decidimos no desnudarnos y seguir besándonos. Me tumbó sobre la cama y besaba mi boca y mi cuello. Yo hice lo mismo.
Rodeé su cintura con mis brazos y ella pasó sus brazos sobre mi cabeza para rodearme con ellos por encima, como si quisiera aplastármela o apoyarse para arrastrarse por mi cara.
Continuamos besándonos así un buen rato.

Se sentó encima de mí y se desabotonó sensualmente la chaquetilla del uniforme. Se quitó el sombrerete y los dejó en una silla del camarote. Se soltó el pelo y volvió para besarme de nuevo.
Notaba cómo me quitaba lentamente la camisa. Me descubrió el pecho y comenzó a besarme en el pecho. Poco a poco iba bajando, a la vez que me besaba el cuerpo, y llegó a mi cintura. Me despojó de los pantalones y se puso a besármela por encima de los gayumbos. Me daba mordisquitos de vez en cuando, pero sencillamente me masajeaba el pene con los labios... Era sublime.
Me miró lascivamente y sacó la lengua. La posó en los gayumbos y me la recorrió entera, de abajo a arriba de una sola pasada. Mis gayumbos estaban ensalivados y ella deseaba más. Me dejé desnudar completamente y me permití el lujo de pedirle lo mismo a Ilse.
Se quitó la camisa y la falda que se añadieron a la silla donde ya tenía la chaquetilla y el sombrerete. Volvió a sacar su lengua y me dió un buen repaso desde el escroto hasta la punta. ¡Uau, qué delicia!. Sentir su húmeda lengua por mi piel me hizo erizar la piel.
Volvió a hacerme lo mismo varias veces seguidas. Mi excitación iba en aumento. Notaba cómo la piel de mi miembro estaba tensa. Ilse continuaba jugando conmigo...
La cogió con la mano y comenzó a moverla arriba y abajo, despacio y con mucha suavidad. Continuó lamiendo mi falo hasta que estuvo bien mojadito. Entonces la engulló y la succionaba con dedicación.
Era la primera vez que la notaba muy cuidadosa y delicada con el sexo. Las veces anteriores era más salvaje y lasciva, pero hoy no.

Después de un buen rato chupándomela subió de nuevo a besarme. Puso sus generosos pechos sobre mi cuerpo y se derritió en caricias y susurros gimosos entre mis brazos.
Giramos sobre la cama y me deslicé entre sus pechos. Saqué mi lengua y lamí sus pezones queriendo imitar la misma delicadeza que ella había puesto en mi cuerpo. Acariciaba los pechos con mis manos mientras mi boca chupeteaba los pezones y mi lengua jugueteaba en las aureolas con decisión.
Ilse se iba calentando, así que decidí meter con sutileza la mano por debajo de su tanguita. Acaricié su rasurado púbis y hurgué en los labios para contrastar su humedad con la mía.
Notaba cuán de excitada se encontraba y decidí deslizar el suave tanguita naviero por sus interminables piernas.
Cuando se lo había terminado de quitar, bajé lentamente, besando cada centímetro de camino hasta sus labios. Ella separó las piernas y permitió que la cogiese por los glúteos elevando ligeramente la cadera. Con esto aproveché para pegarle el primer lametón entre sus piernas. Estaba bajando la cadera cuando noté cómo volvía súbitamente a elevarla. Dí otro lametón y acompañaba el movimiento de mi lengua con su cadera.
Sentía cómo sus fluídos iban lentamente saliendo e iban llenando mi boca. Seguía lamiendo su precioso sexo y ella respondía con gemidos y sollozos de placer. Cada vez que lamía sus labios hasta el clítoris, Ilse perdía el control de su cuerpo por un momento, se volvía temblorosa y quedaba a mi merced.
Chupé el clítoris noruego un par de veces, metiéndolo en mi boca y lamiéndolo con suma suavidad dentro de mi boca. Ilse se retorcía de placer y empezaba a gritar su primer orgasmo a pleno pulmón.
Me agarró la cabeza y me empujó aún más contra su sexo. Deseaba aumentar la sensación de placer y volví a chupar el clítoris y a lamerlo, esta vez con más rudeza.
Ilse se retorcía de placer de nuevo y su cuerpo convulsionaba con espasmos incontrolados. Abandoné su clítoris y la dejé descansar un poco del tremendo orgasmo que había padecido.

Recuperaba fuerzas acariciando mi pene y besándome con más pasión que antes. Entonces llevó mi pene a su sexo y hurgó con él por los labios. Estaba tan húmeda del primer orgasmo que mi pene entraba y salía con mucha facilidad en cada roce. Yo dejaba que penetrase el glande suavemente y lo sacaba de la misma forma.
Poco a poco hacía penetraciones más contínuas y las alargaba lo más que me dejaba ella. Pocas veces permitía que dejase mi pene quieto dentro de ella. Súbitamente se movían sus caderas o me balanceaba para que yo me percatase de que exigía de nuevo mi interés sexual.
Deseaba eternizar aquella unión, pero Ilse quería más y le temblaban repetidamente las piernas. Solicitaba mediante susurros que aumentase el ritmo y, ayudada con sus piernas, me empujaba para que la realizase las penetraciones más profundas. En varias ocasiones llegué a tocar las paredes del útero por sus exigentes embestidas.
Ilse quería más aún y terminé por sacársela para acostarme encima de la cama y hacerla acostarse encima de mí. Ella accedió y, una vez se había colocado, le metí dos dedos de una mano y con la otra acariciaba su clítoris. Gemía de nuevo entre mis brazos. Ella me agarraba la cabeza y nos besábamos repetidamente.
Hizo un sutíl movimiento de caderas y mi pene se colocó a la entrada de su ano, rozándolo y presionándolo, obligándolo a abrirse para permitir su entrada. De nuevo, otro pequeño movimiento y el pene entró muy despacio. Mis dedos sacaban flujo de sus entrañas y éste resbalaba hacia mi pene, lubricando toda la zona y permitiendo que mi pene entrase hasta el fondo.
Ilse volvía a convulsionar y retorcerse de placer entre mis brazos. Me apartó las manos y me rogó que se lo hiciese más fuerte. La cogí de las piernas y se las abrí más. Movía su cuerpo encima de mi sudoroso cuerpo, la penetraba con rudeza mientras ella había sustituído mis manos por las suyas y se había metido los dedos en su sexo. Estaba teniendo un maravilloso y grandioso orgasmo.

Cuando terminó de convulsionar, se quedó encima de mí, muy relajada y me cogió las manos, dirigiéndolas alrededor de su cuerpo para terminar abrazándola.
Mi pene aún seguía dentro de su ano, pero ella no lo despreciaba y no quería quedarse huérfana de sentirlo. Nos besamos de nuevo y quedamos así, hablando y lamentando el final del viaje.


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